Subir al soberbio Wayna Picchu

Cuando uno habla del Santuario Histórico de Machu Picchu (UNESCO World Heritage Site), hay que remontarse a los tiempos de la colonización de América, por parte de una fuerza militar logísticamente superior.  

Me viene a la mente el mismo Machu Picchu (Monte Viejo), y mi osadía de escalar el Wayna, o sea, el Wayna Picchu (Monte Joven, que es la montaña famosa en forma de parábola invertida que está detrás del plateau central), adonde subí en dos horas y luego bajé en otras dos horas, por un estrechísimo caminito escalonado, que bordea la ladera de la montaña.   Esta es la historia de la subida al Wayna.   

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Río intramontañas de los Andes, desde lo alto del Wayna Picchu.  El plateau de Machu Picchu quedaría un tanto a la izquierda, no visible en esta foto.  

Los incas eran un grupo indígena de gente de estatura física baja, pero también eran gente muy ocurrente y avanzada, y diseñaron los escalones de sus ciudades, en particular, de estos caminos montañosos, muy estrechos, o cortos, a pesar de que sabían usar y usaron abundamente en sus construcciones religiosas y monumentales las piedras grandes, gigantes, en bloques cuadrados, o cúbicos, en este caso, como piedras angulares que sostienen o en otros casos coronan, estructuras y Gcalles del Cuzco y de Machu Picchu, con su legendaria perfección de uniformidad.Y claro, este camino al Wayna no es la excepción, pues los escalones del camino son cortos, y el camino, peligroso, peligrosísimo.  Para hacerte la historia corta, subí, escalé el Wayna, y como tanta gente me había aconsejado llevar al menos dos pomos grandes de agua, porque me podia deshidratar, bueno, al final me llevé dos pomos grandes de agua, y bueno, para escalar necesita uno tener las manos sueltas, libres, para agarrarse a la baranda y evitar un accidente, o sea, son dos tenazas con las que literalmente te vas a aferrar a la vida, porque quien se caiga en esa montaña, no llegan los rescatistas a socorrerlos.  Y esto te lo advierten, que no hay rescate, y que si uno se cae, tundra que salir solo, o esperar al otro día, en que haya luz y se pueda hacer algo.  Y claro, mientras, en la noche, te comen los jaguares o los cóndores, no es broma, la cosa es seria de verdad.

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El autor llega feliz a la cima del Wayna Picchu,  ¡Qué gran hazaña!  No lo sabía todavía, pero al rato, tendría un peligrosísimo accidente en la montaña.  Detrás, una vista del recóndito Machu Picchu. 

Cuando llegué allá arriba, dos horas contadas subiendo por el estrecho trillo de cortísimos escalones de piedra, allí celebrando mi victoria, o mi conquista, pues tiré un montón de fotos, hice mil oraciones de gracias a Dios TodoPoderoso por todo lo que me ha dado en la vida, hablé con mi padre, porque su memoria viene conmigo a todos lados, así como mis hijas, mi madre, mis hermanos y mi familia querida, y luego me senté a “desconectar” cinco minutos, porque todavía hay que bajar de vuelta al plateau, y son dos horas más, y te pueden cerrar el parque.  Claro, yo no tenía ninguna intención de quedarme trancado en el parque a dormir con los jaguares y los cóndores.

Este servidor no tenía idea de lo fea que se pondría la película solito allá arriba en la cima, al accidentarse saltando desde un montículo, sobre una brecha en las rocas.

Bueno, tiré todavía más fotos, y de loco, aventurero, hago así y voy a chequear la parte de atrás de la cima de la montaña, para que nadie luego me diga “coño, ¿tú no viste el grabado de jeroglíficos de la Edad de Piedra que había pintado ahí en una cueva en la esquinita tal, ahí al ladito de esa piedra en la foto?”   Siempre lo hago, y probablemente en esta vida, si no se vislumbra un peligro inminente, siempre lo haré.

Nadie puede imaginar cuán prácticos y certeros han sido todos los consejos y experiencias de otros tantos viajeros al momento en que uno ha podido visitar estos lugares.

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De hecho, cuando vas a subir, te hacen firmar un libro de visitantes, pero no por gusto, sino para tener un record con la Jefatura de Policía del Parque, o de Control de Turismo, y saber si todos los que suben, llegan de vuelta abajo, de regreso de la montaña.  Y una de las preguntas que te hacen, nombre, ciudad, edad, etc., una de las preguntas es “si te falta algún molar, o si tienes todos tus dientes.”  Coño, a mí me pareció curioso que me preguntaran por lo de los dientes, y mira que yo me he metido en lugares raros y peligrosos, nada, le dije por arriba sobre mis dientes.  Y subí.  El ultimo que entró ese día a esa zona especial del parque.  A la una de la tarde.  Súmale 2 horas pa’ arriba, el ascenso, y 2 horas pa’ abajo, el descenso, o sea, cuatro horas, y si entras a la 1 y cierran el parque a las 5 pm, entonces, nada, tienes el tiempo contado, justo las cuatro horas, justico, exacto.  Ahora no te entretengas demasiado por ahí.

Nada, como son las cosas cuando son del alma.  Al caminar unos 30-50 metros alrededor de la montaña, después de ver lo que había antes leído en Internet, que llamaban la Cueva tal y la Cueva más cual, hay dos o tres cuevas allá arriba, pues estaba contento, y satisfecho, me dispongo a iniciar el descenso de vuelta al plateau.   

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En un ratico, la tarde se torna más fresca, la temperatura desciende bruscamente, y las espesas nubes comienzan a bajar.  En algún lugar cercano deambulan jaguares y cóndores, aunque no los puedes ver.  Impresionante belleza esta montaña, pero sí que da su susto, no te creas, solo allá arriba.  

Quién te dice a ti que en mi rauda y cautelosa retirada, repito, bordeando de vuelta la cadera de la ladera, o sea, el borde del tope del sayón de la montaña, aquello es camino de piedras, con escalones de piedra, y saltando de un peñón a otro de la cima, para flanquear un pequeño abismo, que da a otro abismo inmenso, con la cabronas botellonas de agua, que por cierto no me tome, pues el peso de mochilita que llevaba en mi espalda, se desplaza hacia el frente, impulsándome involuntariamente contra lo que esté en el frente.  Bueno, si lo que está en el frente es una pequeña explanada, pues nada, te caes de boca, te rasguñas la cara, o las rodillas.

Pero si lo que está frente a ti es un paso de escala de cinco escalones gigantes, hechos de piedras de granito, cada uno de entre medio metro y un metro de largo, por una cuarta de ancho y otra cuarta de altura, cada uno incrustado sobre otra piedra vertical mayor, y cada uno con un peso grande y un filo increíble, pues lo que te pasa es que te vas de cabeza contra uno de ellos, y te rompes la cabeza en el peor lugar en que deba uno equivocarse o tener una accidente en esta vida.

Y estás tú solo.

Solo allá arriba en el Wayna.  No, tú no estás solo: tú lo que estás es loco.  Oh, well…

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Solo, como la una.  Y sólo con tu mochila.  Y los cóndores no están lejos, ni las nubes detienen su repentina llegada para posarse en masa, impenetrables, como cada tarde sobre los Andes.  Es hora de bajar, pero la impresión por el golpe es más fuerte que el dolor.  Siempre antes de cualquiera aventura es bueno “refrescar” el conocimiento y herramientas de auxilio en casos extremos.  Cualquier aventurero y viajero de este mundo sabe que uno no puede llegar a la próxima aventura maravillosa si no sale de ésta sano y salvo, y por eso hay que tener siempre precauciones.  Y a los lugares lejanos hay que ir pertrechado con al menos un mínimo de medios de primeros auxilios y de herramientas para la supervivencia.

Yo en mi caso siempre llevo una cuchilla suiza, roja, con la cruz helvética blanca incrustado en su superficie.  Son herramientas muy prácticas, con dos o tres cuchillas, destornillador, tijeras, limas, serrucho, etc.  Hasta las hay con una lupa, o cristal de aumento, que no es que uno vaya a matar animals a una montaña, o a leer enciclopedias al lado del río, pero sí son convenientes, y prácticas.  La lupa por ejemplo, sirve para ponerla sobre un manojo de hierbas secas, y se puede “hacer” fuego.  Eso en una excursion en la montaña, o perdido en un monte, puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.  En todo caso, son herramientas indispensables, lo mínimo que uno puede llevar cuando se va por ahí de aventurero.

Aún así, el golpe que te diste fue fuerte, y la sangre ahora te empieza a correr por sobre la frente, y empieza a gotear, despacito.  Sabes que es despacito, porque ves, o mejor dicho, sientes las gotas de sangre caer, espaciadas, desde tu ceja derecha.  Algunas gotas se apuran en caer.  Y tú te asustas, pero no asustado así simple, sino asustado, que te cagas de miedo si no puedes bajar y luego te tienes que enfrentar a los jaguares y cóndores en la noche, literalmente, por la supervivencia.  Hasta ahí sí que no puedes llegar, Riqui, no comas mierda, no se puede llegar a ese punto, porque ahí la preponderancia de la Victoria es del otro, pero sin lugar a dudas, sí, porque ése es su mundo, su territorio, y su Castillo. Además, tú no solamente eres un extraño, sino que eres un extraño que no está bien preparado para resistir la niebla, el frío, la lluvia, y los elementos de la Naturaleza, como lo están esos animales.  Y claro, tristemente, si no te apuras, entonces te vas a convertir en la cena de los animales de la montaña.  Hay que hacer algo, Riqui.  Come on.  Damage control.  Así le llaman los yumas.  Control de daños.

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Como estaba tan asustado, tomé varias fotografías de mi cabeza, que incluyeran mis ojos, la cara, para verificar que solamente me había golpeado la cabeza y no en otra parte.  Le eché todo el azúcar que pude para trancar el sangramiento inmediatamente.  El azúcar ayuda inmensamente a formar una postilla rápido, una costra dura en segundos, minutos, que junto con la coagulación natural de la sangre, ayude a detener el sangramiento.  Eso es importante lograrlo en una situación crítica de emergencia.

Me revisé los dos ojos, tapándome uno primero, y fijando la vista para ver si lo que veía después del accidente se parecía mucho, medianamente, o poco, a lo que había visto antes.  Trataba de entender lo que veía en ese instante, un ojo primero, y el otro después, comparado con la referencia que tenía de antes del accidente, de colores, formas, dimensiones, distancias, tiempos, duración de efectos, sonidos, movilidad de las piernas, los brazos, procesamiento de la información.  

Esto me daría un tamaño de bola de cualquier afectación seria a la vista, que es un sentido imprescindible para sobrevivir en estos casos.  Y sobretodo, me daría un tamaño de bola, no siendo yo médico ni especialista en nada de medicina, para notar inmediatamente, si el golpe me hubiera hecho reaccionar más lentamente, o afectado mis reflejos, y mi capacidad de reaccionar de manera lógica, normal, y a la velocidad y despliegue ambulatorio razonables y normales, médicamente hablando.  Luego te tapas el otro ojo, y vuelves a fijar la vista temporalmente en algún lugar de ese trecho, un lugar antes visto, de modo que uno pueda evaluar si ve bien, o borroso, o no ve, o si tu reacción es más rápida, o más lenta, o si puedes mover todos los miembros bien, o si no puedes mover algún miembro, o cuál es la situación.

Pero hay que luchar, de la forma que uno pueda, y bajar de allí inmediatamente.  Regresar a la civilización lo antes possible.  Esa es la mejor opción.  No, ésa es la UNICA opción.  Cerrarte la herida, y salir de ahí volando, bueno, caminando, escalón por escalón, pero “volar” de ahí lo más rápido posible.

Como siempre llevo azúcar para algún café o té (chai) amargo por ahí, pues abrí seis u ocho paqueticos de azúcar de esos que dan en los restaurantes y cafés.  Siempre cojo un puñadito, y si no lo uso, lo regalo luego.  Pero siempre llevo conmigo algunos paqueticos de azúcar.  Siempre digo que “para algo me servirán,” aunque sea para un café en una larga noche de tren desde El Cairo a Abu Simbel.  Bueno, pues me eché azúcar en la herida de la cabeza, pero en condiciones, dejé otros seis u ocho paqueticos más para por si necesitaba volver a repetir la operación un ratico más tarde, en caso de que la hemorragia continuara.

Era una posibilidad real que el sangramiento no cesara inmediatamente porque la cabeza es un órgano que está lleno de sangre siempre, y si se pierde la sangre de la cabeza, se le “afloja el patín” a uno, y empieza a ver borroso, y a desmayarse, y te caes, y se acaba la película, sí, sí, chirrín chirrán.  So wake up, now!  “Atención, Riqui, abre los ojos y no comas mierda, que aquí sí que “te vas del parque,” literalmente, te desangras y luego te sacan del parque, horizontal, esto no es un juego” me decía yo cuando comencé el descenso de la montaña.  De verdad que estaba cagao.  Mira que yo soy loco y arrojado, y he hecho cada barbaridades en esta vida que uno dice, pero, vaya, te volviste loco.  Pero ya ésta, no, qué va, esta marumaca sí estaba difícil, y obviamente, tuve un accidente, y aquí no suben los helicópteros de rescate.  Así que, hay que ponerse las pilas, NOW!

El impresionantemente bello plateau de Machu Picchu, visto desde la cima del majestuoso Wayna Picchu.

Vista impresionante del bello plateau de Machu Picchu, desde la cima del majestuoso Wayna Picchu.  Subir hasta la misma cima toma 2 horas, y bajar, otras 2 horas.  Calcula bien el tiempo, que si no, te puedes convertir en la cena de los jaguares y los cóndores. 

Me amarré una bandana azul que llevaba.  Me la apreté tan fuerte, coño, que casi se me zafan las orejas de la cabeza, digo yo.  Tenía que amarrarme bien el pañuelo o bandana porque eso detendría el flujo de sangre que salía no a borbotones, pero si en chorritos, no creas, de la herida.  Todavía no sabía cuán grande era la herida, pero no lo iba a averiguar.  Intenté con mi cámara digital tirarme una foto a la herida, para ver cuán grave era el asunto, pero ante la urgencia de bajar, y la tontería de la fotico, con lo cual podría perder un tiempo precioso y posiblemente irrecuperable, pues entonces escogí irme al seguro, y comenzar el descenso inmediatamente que estaba ya seguro de que la visión de los dos ojos, el balance, y las habilidades motoras no estaban afectadas.

¿Y el teléfono celular, Riqui?  Bien, gracias.  Saludos.  No comas mierda.  Si te lo dijeron bien claro allá abajo, que aquí en esta montaña lejana, recóndita, invencible, de los Andes peruanos, no funciona el 9-1-1 de la Yuma, ni van a venir a rescatarte en un helicóptero, como en las películas.

Nada, como dice el dicho, hay que joderse y darle el pecho a las balas, y como se pueda, hacer de tripas, corazón.   Y bajar, suavecito, cautelosamente, pero lo más rápido posible, porque estás contra reloj, estás solo, y estás herido.  Y no te puedes regalar a la montaña salvaje porque si no sobrevives, entonces mañana ya no habrá otra aventura.

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Con uno de los afilados escalones de piedra del segundo nivel, a mi regreso a la cara principal del Wayna, me golpée la cabeza al perder el equilibrio por la mochila con pomos de agua que llevaba en la espalda.

No te cuento todos los detalles, pero claro, cuando uno baja una escalera, lo menos que puede hacer es mirar para abajo, para alante, para no caerte.   Eso es lógico.  Bueno, con la cabeza rota, y con la amenaza de un sangramiento mayor, pues no puedes bajar la cabeza, y te caes.  Bueno, eso, me volví a caer, y me dí un trastazo fuerte en un tobillo, y con un resbalón a medio camino, pues otro trastazo en una rodilla, y bueno, un buen guerrero tiene que seguir, porque esta batalla no era para ganar ninguna medalla, sino más bien, en este punto, prácticamente para sobrevivir, aunque parezca demasiado dramático, mi escalada al Wayna al final se convirtió en eso, en una batalla por la supervivencia.

Ya cuando me iba acercando a la posta original donde me habían preguntado lo de cuántas muelas me faltaban, comienzo a tirar fotos nuevamente, y ahí es cuando me veo la bandana azul enchumbada en sangre, y claro, vengo llegando todo abollado, todo apolismado, pero vivo, y aunque no lo gritaba, ni lo grito nunca, de alguna forma, también victorioso.  El susto fue tremendo, y el peligro verdaderamente grande, latente, y no se me olvidar en mucho rato.

Al ratico, atravieso todo el plateau, de vuelta a las plataformas verdes escalonadas de la colina, o sea, al centro de recibimiento de los visitantes, y la gente me mira como si fuera yo un guerrillero perdido, uno de los barbudos que bajaba de la montaña, pero sin fusil, o con un fusil diferente, digamos, con mi cámara de fotos en la mano.

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Ya de regreso en la puerta de entrada al parque, los alegres guardaparques no podían creer la historia, y lo afortunado que fui, solo allá arriba en la montaña, de que no hubiera llegado a ser peor, o incluso, fatal.  Thank you, Lord Almighty!  ¡Gracias, Dios Mío TodoPoderoso! 

Llego finalmente a la Comisaría, para pedir ayuda, o al menos, consultar a un médico o un profesional autorizado que dictaminara que a pesar de que fue un episodio terrible, al menos no corría peligro ya.  Me encuentro allí a un médico colombiano, que vivía en Perú desde hacía algunos años, y que de todos los personajes de la historia, me empieza a hablar del Tío Fidel.  Imagínate tú.  Bueno, como soy un tipo bastante neutral, he aprendido a entender las bondades del Socialismo, si todavía le quedara alguna, y desde luego, sin menospreciar las del Capitalismo que un día tanto busqué encontrar y conquistar.

Tampoco soy de los extremistas de derecha ultraconservadores de lo que llaman en Cuba la mafia de Miami.  Nunca lo fui.  Así que cuando el doctor me dijo que ya la herida estaba cerrando, y que había formado una postilla de sangre seca y azúcar en el zona del impacto del golpe, y que era mejor dejar que el cuerpo (tan sabio Dios en su diseño y concepción), siguiera solito y sin molestarlo el proceso natural de cicatrización, pues entonces entablé una amena conversación con este médico, agradecido del ejemplo de Cuba Socialista en el mundo, y su influencia en las revoluciones latinoamericanas.

Al otro día volé a Argentina, y cuando estaba en el hotel de Iguazú, adonde llegué para visitar las Cataratas de Iguazú (esta es otra película inolvidable), que finalmente me pude dar una buena ducha, y echarme agua en la cabeza, y fue que pude ver la clase de rajada de cabeza que me había dado con el filo de piedra, que me cortó obviamente unos 3 – 5 centímetros de largo en el pedazo mayor, y 1 centímetro de largo el otro lado del garabato, o sea, del “dibujito” que me hizo la piedra en la cabeza, porque el trastazo fue una cicatriz en forma de L.

Después de un grandísimo susto, regreso al plateau de Machu Picchu, asustado, cagado del susto, pero sano y salvo, a ver al médico.  Gracias, Papá Dios TodoPoderoso por cuidarme.

Después de un grandísimo susto, regreso al plateau de Machu Picchu, asustado, pero sano y salvo, a ver al médico. Gracias, Papá Dios TodoPoderoso por cuidarme.  Thank You, God Almighty!  You da man!

Bueno, al final de la jornada, y sólo porque Dios es GRANDE, qué digo yo grande, ¡GIGANTE!, me salvé de no haberme convertido en la cena de jaguares y cóndores.  Espero no te haya resultado aburrido el cuento de mi ascención al Wayna, allá en Machu Picchu.  A Dios TodoPoderoso le agradezco siempre inmensamente mi gran suerte, y las aventuras que me pone en el camino o las que me he podido o logrado agenciar, porque al final de la jornada, esto es lo que nos llevamos, y cuando se acabe el baile, pues eso, que nos quiten lo bailao.

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Ricardo Trelles

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