Atención: Contiene Lenguaje de adultos.
Ahora que hemos intercambiado un fajón de cartas y mensajes digitales, veo que a ambos nos saca un poquito de quicio esto de estar respondiendo constantemente a las palabras anteriores del otro, sobretodo, porque en esta vida apurada de ajetreo constante, cuando me siento a escribirte, de repente han pasado días o hasta un par de semanas, y claro, si no se apura en recogerlas uno, se van secando en el suelo las hojas de otoño, so to speak.
Lo que quiero decir es que si un día voy caminando por un parque hermoso, como uno que recuerdo perfectamente en este instante, les Jardins de Tuileries, yendo hacia el Louvre, en París, de donde en verdad recogí un montón de hojas caídas de los árboles, que luego regalé a toda mi familia en Cuba, y a algunos amigos, pues intento recoger las hojas vivas, latentes, que apenas han caído de los árboles, y como si fueran aquellas hojas de parra (yo les digo hojas de parra, pero no sé cómo se llaman esos árboles), que recogí y regalé a muchos para que las atesoraran dentro de un libro–y se secaran allí, dentro del mundo entretenido y sublime de los libros–pues intento rescatar la vida útil, acaso espiritual, y la vivacidad efímera de estos colores invencibles, melancólicos, de un otoño amistoso y prometedor que nos llevó a reencontrarnos y que ahora nos recibe en su manto ancho.
Mira, si quieres decir algo sin que sea sólo el estar respondiendo a mis comentarios y notas anteriores, o yo respondiendo a los tuyos, pues mira, dílo, grítalo, te entiendo. Creo que ambos tenemos la libertad de hacerlo, y cuando hablamos espontáneamente, sin tener, como bien dices, que estar respondiendo temas o comentarios anteriores, que hizo el otro, pues díme lo que quieras, jovencita, de verdad, díme lo que tú quieras, pues yo no te voy a criticar, ni te voy juzgar, ni te voy a desdeñar. TE ESCUCHO. Yo te voy a escuchar, y te voy a respetar, y hasta me va a dar gusto leer lo que me digas o lo que pasa por tu mente. Y a lo mejor, si te dejas, te voy a asaltar con un batallón de miradas, y de besos. A mí no me da vergüenza decirte lo que siento. ¿Estás sentada?
¿Sabes lo que hice anoche en mi sofá-cama? Te desnudé, completica. Vine por detrás de ti, en mi mente, en ese momento, ambos estábamos frente a tu espejo, y yo me acerqué por detrás, mirándote a los ojos, a través del espejo, tú de frente al espejo, y yo detrás de ti, y mirándote frente al espejo, te tomé de los hombros, y tú pusiste tus manos sobre mis manos, las pusiste porque mis manos estaban calientes, y te gustó sentirlas, era de noche tarde, y fuera había fresco de otoño, y con tus manos sobre las mías, yo detrás de ti, sin virar la cara, me diste una miradita tan dulce, un tanto tímida, pero muy dulce, de frente a frente, nosotros cuatro, tú y yo, a través del espejo, y si hasta ese momento había una muralla, o una duda, cualquiera que fuera o que quedara, con mi pausado y paciente acercamiento, con mi amable toque masajeando tus hombros descubiertos, y con tu dulce mirada de aceptación a través del espejo, entonces se fueron derribando las murallas y los obstáculos, todos, ellos solitos.
¿Sabes qué hice después? Te aparté un poco el pelo, a un lado, palpé, olí tu hermosa cabellera, me daba ilusión tocar y oler tu pelo, tu piel limpia, en mi mente quise pensar que olías a colonia Bebito (bueno, no estaría bien hacerle nada malo a un bebito, por Dios, yo no soy un pedófilo ni un loco ni nada de eso, bueno, no, un loco sí, pero, no con niñas o mujeres menores de edad, nada de eso), en fin, te olí con detenimiento, detrás de tu oreja, quería que te desesperaras, así que no te dí un beso, te seguí husmeando, oliéndote, labrando huellas de suspiros entre tu cuello y tu pelo, pasando mis labios y mi nariz muy cerca de tu piel, respirando sobre tu piel para que sintieras mi respiración, caliente, aspirando y expirando para que sintieras casi hasta la humedad de mi aliento.
Claro, eso te ponía impaciente, I know, y tu mano derecha viajó sobre mi mano a tocar mi pelo, a acariciarlo suavemente, y entonces te dí un beso en el cuello, un beso suave, dulce, un beso “malvado” si se quiere, suficientemente emancipador como para que temblara tu piel, todita, pero no tan fuerte que te hiciera cambiar de postura, pues la historia era “desnudarte” y “vivirte” allí frente al espejo antes que de otra manera. Fue un beso prohibido, y tenía que serlo, un beso que te hiciera vibrar cada vello y cada curvita de la espalda, y que le mandara un mensaje claro y directo a todas las regiones vecinas que debieran ser notificadas, de que ese beso amigo vino a descubrir, cara a cara, los misterios, todos los misterios y todos los secretos de la selva de tu piel.

-
Mi divertido sofá cama rojo se parece bastante pero no es éste. El mío, el de verdad, ya no es tan cómodo como cuando era nuevo, pero cuidaíto, ¿eh?, no te creas, el mío conoce de mil historias, mil secretos, y mil misterios.
¿Tienes que coger un diez? OK. Coge aire. Ya yo cogí aire de nuevo también. (Sí, uhhhhh, abusas de mí con todos estos pensamientos.) Ya. Me llené los pulmones de aire de nuevo. Claro, yo también soy humano, ¿sabes? Yo no soy de piedra, no.
¿Sabes qué hice después? Nada. Fuiste tú quien lo hizo todo ahora. Arqueaste tu espaldita en un divino contoneo espontáneo, toda erizadita, y con un callado alarido de placer, se contoneó tu torso con olor a colonia de Bebito. Bueno, digo yo Bebito, o era fragancia de violetas, o hasta Vermellón, no sé (no, creo que no, el perfume Vermellón aquel era mucho más fuerte, mejor a violetas, o tal vez a un suave agua de gardenias, sí, ¡hueles tan bien!). En ese momento, dócilmente, casi sin esperarlo, empujaste la parte baja de tu espalda hacia atrás, y claro, yo estaba parado detrás de ti, muy cerca, muy, muy cerca, y no, claro que no cedí ni un solo centímetro, así que, bueno, ya conociste a “mi ayudante.”
No daré más detalles. Lo que sí sé es que en tu arqueadita tan maravillosa, tu busto se movió un tanto hacia adelante, y pude ver, por sobre tu bobito de seda rojo vino, que tus pechos virginales llenaban la cámara de la blusa, o sea, del bobito bordado de florecitas amarillas, y tus pezones, quizá impacientes, de seguro, interesados en el empuja-empuja que se estaba formando ahí en la guagua (frente al espejo), se pararon en atención como dos atentos centinelas.
Y yo aproveché para correr mi mano derecha sobre tu estómago, un poco más a la izquierda, porque ahí, debajo de tus senos, a la izquierda, es donde está tu corazón (digo, ¿tienes un corazoncito ahí, no?, no me engañes, chica, por favor), y porque allí, debajo de tus senos, podría tocar tu piel, sin apresurarme demasiado a tocar tus senos, evitando así que te fueras a molestar y me dieras un paroncito por ir tan de prisa. A la vez, el poner mi mano intranquila pero paciente debajo de tus senos, me permitiría brincar fácilmente hacia cualquier otro territorio amigo que pudiera beneficiarse con una demostración de cariño. Y tú segurito que habrás pensado: “¿demostración de cariño? Verdad que tú eres descarao…”
¿Sabes qué hice después? Escuché. Escuché atentamente. Escuché tranquilito, latente, abrazándote. Escuché, muy feliz, escuché tus suspiros, y por dentro brincaba de alegría como un niño, porque si suspirabas así de feliz tú misma, con sólo desplazar mis manos sobre tu piel sedienta, pero apenas por sobre tu bobito rojo y amarillo, imagínate cuánto más de feliz estarías si me aventurara a quitar de mi camino al famoso bobito de seda. Pero si me fresqueaba con acariciar la piel de tus hermosos senos directamente, sin bobito–y sin “permiso” todavía–quizás no te parecería muy amistoso el que fuera tan rápido. Quizás. Quizás no.
♦♣♠♥
♦♣♠♥
♥♥
¿Sabes entonces qué hice después? Con mi mano sobre tu bobito, y sobre tu corazón, bajo tus senos, que estaba ya casi tocando, pero no, en realidad no, pues calculadamente, despacito, como lobo estepario que vigila y acosa a su presa, des – pa – ci – to, con mi boca, con mis dientes, cariñosamente halé un poquito el sostén de tu bobito. Y eso te gustó, porque no fui tan brusco, ni tan burdo, ni tan grosero, y te encantó que te pidiera permiso para “aflojarte” la tirita del bobito, porque según mis improvisadas evidencias científicas, “te estaba apretando mucho la circulación,” y tú te reíste tan amorosamente, medio tensa todavía, pero interesada en estas “investigaciones científicas” tan serias que estabas viviendo, tan divertida, pero aún parecías como sonrojada.
De todas formas, te reíste con una sonrisita pícara, y pusiste los labios con una curvita deliciosa, que la verdad te los hubiera querido morder, pero preferí esperar un tantico más. Tú debes haber estado pensando: “Ya, cuéntame el final de la película, ¡ya!, por favor, ya, dímelo, me tienes aquí sufriendo, ya díme, ¿quién es el asesino del Expreso Oriente? Es más, ¿tú no eres el Lobo Feroz? Entonces, ya, ¡mátame!, ¡cómeme! ¡YA!”
Esta espera no era por gusto, ¿sabes? El demorarme y esperarme un tantico más realmente me ayudaría mucho, sí que me ayudó inmensamente, porque ví tus labios deliciosos, desnudos, deseosos de que los tocara con mis dedos, y los untara de mi miel, y ahí me dí cuenta de que serían perfectos para una idea que tuve, bueno, que todavía tengo, para ellos, tus labios. Oh, pero ¡qué gran idea, Riqui! Bueno, no, éste no es el momento. Mira, algunas ideas salen mejor cuando no se comentan, pero te advierto, el mundo no se puede enterar, OK? Oh, Lord, no, ¡no nos perdonarían el no compartir esto! Sí que es una idea muuuy divertida, creo yo.
Así que te bajé un tantico el sostén o la tirita derecha de tu bobito, sin que cayera del todo, el bobito, aunque sí, se alcanzaba a ver una porción de tus pechos, y eso me gustó (oh, yeah, me encantó, y a mi ayudante, ni te cuento… okay, okay, compañero, orden, por favor, Ricardo Trelles, please, collect yourself, thank you), y me dio un tilín más de confianza, porque ya sabías que podía divisar tus pechos, ¡que los había visto!, y que aún cuando ya los tenía al alcance, estaba siendo muy cuidadoso en no apresurarme en tocarlos todavía.
Eso también me ayudaba porque cada segundo que pasaba en que yo no tocaba todavía tus senos con sus divinos pezones paraditos, era un siglo de expectativa y de anticipación de tu parte, que trabajaba a mi favor, y ambos sabíamos que yo deseaba inmensamente tocarlos, acariciarlos, y besarlos, pero debía ser así porque si bien yo estaba loco por besarlos y morderlos, más loca estabas tú porque yo me lanzara al abordaje como en las películas de los piratas. Pero un lobo (o un guerrero) disciplinado siempre tiene su justa recompensa: toda esta ansiedad provocada y esta desesperación de espera obligada sólo me ayudaría para que lo demás sucediera como lo planeaba el Lobo Feroz. ¿Cómo era? Lobo estepario que vigila y acosa a su presa… chica, no me lleves tan recio.
¿Sabes qué hice después? Deslicé mi mano derecha por debajo de tu bobito rojo, que ya no se resistía a mi intento invasor. Con diestro ademán, moví a un lado su delicado vuelo de encaje de florecitas amarillas, y por debajo de la roja seda, finalmente, mis dedos se escurrieron como agua por entre ríos y cascadas, para bajar a jugar ya a su libre albedrío, y ejecutar un magistral “asalto” en son de cosquilleos con malévolo placer, a tu ombliguito habanero, solitario e indefenso, ahí en medio de las cálidas latitudes que el lobo hambriento añoraba descubrir, y que ahora volaba libre al viento, tu ombliguito, a merced de estos dedos intranquilos, frente al espejo.
¿Sabes qué hice después? ¿Qué no hice? No lo hice. No pude. Por más que lo intenté, ya no pude. No. No podía detener a mi mano derecha, esta mano exploradora que tiene complejo de Cristóbal Colón, a que no se fuera en sus cinco noas a investigar las fuentes (verdaderas) de la felicidad.
Y entonces mis dedos volaron bajito sobre tu piel, acariciándola milímetro a milímetro, con suavidad, con presencia, con ganas de tocar tu busto, que hasta ahora había estado ahí tranquilito, respirando fuerte, pero quieto, en su lugar, disciplinadamente. Y eso fue exactamente lo que hice, o hicieron, mis manos.
Hasta allí se fueron mis manos, a acariciar tus senos divinos, a apretar tus pechos deliciosos, suavemente, suavecito, escuchando tus suspiros, tu boca sobre mi oído izquierdo, y mi boca acercándose cada vez más, peligrosamente, pero muy bien calculado todo, sin prisa, a tu boca, para morderte suavecito, el lóbulo de tu orejita derecha, y tu cachete, y besar tus ojitos, y tu boquita sedienta, y morder tus labios húmedos, y bajar, mojar tus pezoncitos con mis labios, castigarte con mi lengua caliente y juguetona, como si fuera un taladro del placer, dándole vueltecitas a la redonda a tu pezoncito rosadito, caliente, así, cojones, chilla, sí, chilla, ¿te gusta, no? Así, suavecito, déjame pinchar delicadamente tus areolas con la punta de mis bigotes, ay, qué rico te contoneas, ¡cómo te erizas toda, cabrona!, ¿te gusta que te haga eso? Yo tengo una medicina ahí perfecta pa todos estos chillidos y estos temblores… ¿tú quieres que el lobo te dé la medicina?
Huh, con todo lo que lo había soñado, ¡oh, qué inmenso placer besar tu bello busto desnudo! ¡Qué gusto grande adornar de besos tu piel deseada! Oh, Dios Santo, besar tus pechos, jugar con ellos, llenarlos de mordiditas (mírame a los ojos, ¿te gusta que las bese y las acaricie?), y mordiéndolas así suavecito, uhm, suavecito, halar tus pezoncitos con mis labios, ¡qué riiico!, y pintarlos de suspiros con la miel de mi saliva y de mis deseos…
Ya mis manos, calculadoras, acechantes, se había posicionado estratégicamente por debajo del célebre bobito rojo, y amorosamente, casi dueñas de la fiesta, merodeaban las cercanías del sur de tu ombligo, que ahora latía casi como con la urgencia de una bomba de tiempo.
¿Sabes qué hice después? En mi sofá-cama rojo, donde aún hoy sueño con tu piel, ya no hice más nada. Antes de que pudiera seguir mi emocionante fantasía dominical, a través de la ventana, el Sol de Miami me despertó en esta mañana calurosa, y mi almohada, inerte, boquiabierta, casi asustada de todo lo que había visto, me zarandeó así fuerte, llamándome iluso, soñador, chiquillo ingenuo que todavía cree en el amor, que si por qué seguía yo repitiendo como en trance, que “sólo soy un náufrago del embrujo de tus ojos.” Y no le pude responder con sensatez, la verdad. ¿Qué le podía decir? Además, mi almohada casi siempre tiene la razóm. Simplemente, soñé tu piel porque ya estás en mí.
Ahora, los días pasan y no te tengo. Mi mente te sueña cada noche, pero no te tengo. Ahora sólo te pienso, con calma, con paciencia, con sabor, sí, tus labios me saben a todas esas suculentas frutas tropicales que comía en mi patio de La Habana cuando era niño, y de grande también. Bueno, pero hay una arista prohibida de estos sabores, de algunas frutas de las que hoy no debo hablar. Pero cada una, cada fruta, pasará por tus labios de la mano de mi cuchara, sí, de mi mano–y alzarás la mirada porque te quiero ver esos ojitos lindos–y juntos vamos a saborear la miel de esos divinos pecados.
Y cada noche, te veo flotando en mi pensamiento, cada noche, en mi sofá-cama rojo, cada noche una fruta dulce de pecado deseado, cada noche, así es como te desnudo y así es como te poseo: ¡frente al espejo!
♥♥
Ricardo Trelles
..



Pingback: Alabanzas a Mi Musa | Ricardo Trelles