Cuando era niño, en Cuba, en los 60’s, no habían muchas cosas, y con cada día o cada mes que pasaba, igual iban desapareciendo de la bodega y de la libreta (cartilla de racionamiento), más y más productos. Ya para la década de los 70’s teníamos menos juguetes, y menos acceso a una gran variedad de suministros materiales.
Pero éramos felices. Y éramos tan felices porque gozábamos de algo especial: entre otras tantas cosas lindas, gozábamos de un mundo de música y fantasía que dudo, sin falsos chovinismos, cualquier otro niño en este mundo hubiera gozado tanto como un niño cubano, bueno, hablo por mí. Entre aquellas maravillas del mundo de nuestra niñez estaba la música de Teresita Fernández. ¿Te acuerdas de “Mi Gatico Vinagrito”?
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Las enciclopedias la describen como trovadora, narradora, cantautora, y pedagoga. A los que un día fuimos niños y hoy somos adultos intelectualmente formados y personas felices, algunos incluso, educadores, como ella, pues no se nos ocurriría llamarla como lo que fue, una Gran Maestra de su arte. Y su arte era simple: cantar historias que educaran a los niños, y que los instruyeran y los divirtieran de una forma sabia y entretenida.
Entre sus más importantes canciones infantiles estaban aquellas que hablaban de animales, del bosque, de la selva, de la lluvia, del Sol, de las estrellas, de los mares y las ballenas. Díme que niño en este mundo no se sentaría a escuchar tranquilito, casi sedadito, con el misterio de los sonidos de su guitarra, la magnificencia de su poesía infantil. Y claro, de niños no hablábamos con estas palabras, pero sabíamos intrínsecamente que su música y sus letras eran simplemente magníficas.
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No olvido nunca “La Peña de Teresita” que fue un espacio público para la enseñanza de la poesía y el cuento, la narración y la dramaturgia, para la lectura, y comunicación, a la que al comienzo, solamente asistían cuentistas y escritores principiantes, pero luego se fueron sumando artistas de todas las ramas y todos los géneros, incluso muchos trovadores jóvenes. Se hacía en un grotto pintoresco y reservado, en el Parque Lenin, al otro lado de la carretera que nos sacaba de la beca. Era un lugar que conocía bien por las escapadas de la Escuela Lenin, que no fueron pocas, muchas a pie, y claro, conocer las rutas de escape para coger la guagua 73 en nuestras aventuras juveniles, era de suprema importancia, porque en el Restaurante “Las Ruinas” muchas veces había una posta o algún chivatón de guardia, que te podía echar pa’ alante con la escuela, y claro, te metías en un lío tremendo.
Hasta eso recordaba, porque aunque fuera un chiquillo rebelde, siempre me gustó la música y la poesía, y esta mujer era una trovadora cuya música se te metía en la mente aunque no lo quisieras, por lo simple de sus letras, y lo pegajoso de sus melodías. Bueno, también las ponían constantemente, en la televisión, en la radio menos, pero sí lo ponían en los programas infantiles en todas las escuelas. Y las tres o cuatro veces que fui a su peña (porque era lejos del centro de La Habana, y lejos de Playa o del Vedado, donde giraba más mi mundo), pues sí que lo disfruté.
Me encantaba el aire de poesía, de mundo bohemio, de pelos largos, de lectura y escritura. Creo que me sentía un poco más libre perdido felizmente entre las páginas de un libro o volando entre las notas de una canción, que asediado por la quasi militar disciplina en las becas que me tocó vivir en esta vida.
Hoy te nos vas, Teresita Fernández, porque así es la Vida que amamos, y que supiste disfrutar. Que nadie olvide que un cacho grande de nuestra felicidad de niños y de nuestra formación, te la debemos a ti, a tu música, a tu poesía. Ve en Paz. Gracias Siempre por tu música, y en nombre de varias generaciones de niños (y adultos) cubanos que disfrutamos inmensamente tus canciones infantiles, tus poemas, tu peña, y que aprendimos un mundo con ellos, y en el mío propio, por contribuir a mi niñez tan feliz, ¡GRACIAS SIEMPRE, TERESITA FERNANDEZ, GRACIAS SIEMPRE!
Q.E.P.D.
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Ricardo Trelles
