A Gabriel García Márquez

Cuando te conocí 

Corría el otoño de 1982, cuando yo entraba en la Universidad de La Habana, a estudiar Lengua y Literatura Inglesas.  Claro, para conocer otras lenguas, había–y aún hoy hay–que conocer bien la lengua materna de uno.  Y en eso entrabas tú, Gabo, y otros grandes que nos complacieron con sus letras divinas, sus historias originales, y sus soledades y añoranzas emancipadoras.  Y nos abrieron un universo nuevo de ideas, de puntos de vista, de imaginación literaria, que un día nos llevaría lejos.

En general, tu prosa y tu narrativa eran magistrales.  Lo siguen siendo.  En particular, tu estilo narrativo y la cadencia del relato, en El Otoño del Patriarca, junto a los de Paradiso (José Lezama Lima), y La Consagración de la Primavera (Alejo Carpentier), fueron herramientas insustituibles en mi formación como estudiante de literatura y ávido lector (de la literatura en lengua española), y luego como profesor, y seguidor de la cultura y la literatura latinoamericanas.  Estas obras, y otras muchas, me enseñaron el camino para construir larguísimos párrafos con kilométricas oraciones aparentemente no entrelazadas, al tiempo de bajar un puñetazo como un ciclón en tres palabras, y no perder la atención ni la curiosidad del lector.

Eras un caballo, Gabo, la verdad.   Lo digo en serio, eras un monstruo, en el buen sentido de la palabra.  Y como educador, como lector, como cubano y latinoamericano, me enorgullece el que hayas luchado por la educación y la cultura.  Como tu Colombia natal, el México que adoptaste como hogar, y la Cuba que te acogió siempre como un buen amigo, tantos países de Nuestra América y de todas las Naciones Unidas, también te honran.

Y aunque tu óptica sobre las bondades del Socialismo, y de que sería éste, el Socialismo, el antídoto perfecto o la solución viable a los problemas constantes de los gobiernos corruptos, gobernantes saqueadores, y dictaduras militares que plagaban a Latinoamérica, estuviera un poco fuera de foco, porque el estilo de vida en la mansión de Siboney-Atabey (oeste de La Habana), que les arrendaba, les regalaba, o les vendía a ti, a Guayasamín, y a otros ilustres intelectuales latinos, tu amigo Fidel, no era precisamente el futuro típico de ninguno de nuestros pueblos o países latinoamericanos–ciertamente no era el del pueblo cubano–al menos no perdiste nunca la perspectiva en temas tan importantes como los de la urgente necesidad de rescatar y salvaguardar la cultura a nivel de continente, y de cómo defender la historia de América Latina, y nuestro derecho, como países pequeños, como continente usurpado, colonizado, olvidado, de existir, de mejorar, y de ser respetado.

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Pocas veces brilló un estadista, artista, científico, o prominente figura pública de Nuestra América, con tanta luz como en tu discurso de agradecimiento y aceptación del Premio Nobel de Literatura de 1982, en Estocolmo, Suecia.  Tu éxito literario y tu presencia como ente cultural latinoamericano, eran difundidos extensamente en mi hermosa isla de Cuba, y aunque antes Carpentier habría ya anunciado al mundo el concepto literario de “lo real maravilloso” en El Reino de Este Mundo (1948), no se disputa que tu grandiosa pluma y fértil imaginación engrandencieron hasta las nubes la presencia de lo que luego en tu obra se llamó el “realismo mágico” o lo que es lo mismo, la increible (pero creible) realidad que vivimos a diario en toda Nuestra América.

Creo que con todo esto, yo me beneficié inmensamente, porque el ver claramente la forma de pensar de un escritor a quien respetaba, y a quien aplaudía, me acercaba a los libros, a las historias, a la literatura, y al universo maravilloso de mi mundo real con sueños acaso irreales: primero escaparme de Cuba y luego también un día escribir mis propias historias.

A los gigantes se les despide con un aplauso, un libro, una buena canción.  A ti te tocaría una biblioteca entera.  O un año entero de conciertos de orquestas sinfónicas en todas las lenguas y todas las capitales de este mundo.  Y bueno, la temida y terrible Soledad, la de los libros, la de la vida real, pues que se espere ahí, ¿verdad?  Que se espere ahí la Soledad, aún si son cien años.

Después de 30 años de haberte conocido, o de haberte leído a fondo, en la Universidad de La Habana, de haber conocido a tu Aureliano Buendía y a tu Florentino Ariza, me doy cuenta, caramba, de que sigue siendo única y especial Nuestra América, y a la vez, como seres humanos, somos tan parecidos.  Y fueron Cien Años de Soledad y El Amor en los Tiempos del Cólera, libros que me marcaron en estas tres décadas–a mí, a este nuevo continente, y al mundo entero–y de alguna forma, fueron también un poco artífices de mi felicidad ulterior.  Estos libros, entre otros, tus libros, Gabo, estos son los verdaderamente imprescindibles.

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Rosas amarillas.  Y leerte, Gabo  

Y al final, el mejor homenaje a un escritor tan grande e influyente en la literatura mundial, será precisamente eso, leerte.  A quienes no te conozcan tan bien, si los desean, aquí se puede leer un poquito más sobre la vida y obra de García Márquez.

Buen Viaje, Gabo.  Todo mi respeto y agradecimiento, siempre, por las buenas letras que trajiste a nuestras vidas, por tu pluma incomparable e inolvidable.

Gracias por los buenos libros, y gracias por la vergüenza de contar nuestra historia como continente, y defender a los pueblos de Nuestra América.

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Rosas amarillas para un gigante de las letras latinoamericanas.

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Aquí te regalo un ramo de rosas amarillas, como las que disfrutabas en vida, y que siempre colabas por ahí en algún pasaje de tus libros.  Y en las últimas apariciones que vimos en TV, en México, siempre con tu rosa amarilla en la solapa.

Que Descanses en Paz.

Gracias por los buenos libros.

Buen Viaje, Gabo.  Hasta Siempre.

 

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Ricardo Trelles                                                                                                                             Miami, FL  abril de 2014

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About Ricardo Trelles

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